El paisaje de Serradilla se caracteriza por su gran diversidad . Por el norte el terreno se vuelve montañoso áspero y quebrado y está surcado por varios arroyos, La Garganta, Barbaón y Barboncillo que discurren hacia el este hasta confluir con el Tajo, en su sinuoso camino han horadado profundos y angostos valles y han fracturado las sierras por diversos sitios propiciando la creación de gargantas y tajos de una extraordinaria belleza. Hacia el sureste el río Tajo corta la sierra por el Portillo de Peñafalcón, una imponente roca cuarcítica de paredes. verticales, que se ha convertido en el lugar mas emblemático del Parque Natural de Monfragüe. Más hacia el este está enclavada la aldea aneja de Villarreal de San Carlos, hoy centro neurálgico del Parque.
Esta orografia adversa ha sido y aún hoy sigue siendo el factor determinante de nuestro secular aislamiento, y ha condicionado desde siempre la vida de los serradillanos, propiciando la conservación de una forma de ser y una identidad propia que se ha conservado hasta nuestros días (lenguaje, carácter, tradiciones). Hoy en día estos parajes abruptos y casi inaccesibles para el hombre están considerados como una de las mejores reservas de monte y matorral mediterráneo, y uno de los espacios naturales mas completos y mejor conservados de la Península Ibérica.
Hacia el sur la omnipresente encina se erige en protagonista del paisaje, dando paso a la dehesa, explotación tradicional de nuestra tierra que garantiza el equilibrio entre el aprovechamiento de los recursos y la conservación de los valores naturales. La encina es el árbol por excelencia de nuestra tierra y forma parte de la simbología extremeña. Objeto de culto para los primeros hombres que se asentaron en estas tierras: fue venerada por los celtas y era el árbol sagrado de los vetones nuestros mas directos antepasados.
Los hombres prehistóricos del Neolítico se establecieron en pequeños poblados situados en oteros y lomas cercanos a los cauces de agua, donde vivían dedicados a la recolección de bellotas, el pastoreo, la caza y la pesca. Desde mi punto de vista existen restos de superficie suficientes para sostener la idea de la presencia de al menos dos asentamientos de este tipo en Serradilla. Estos hombres dejaron patente su cultura por medio de pinturas rupestres en las cuevas y abrigos de la sierra, que utilizaban como lugar sagrado para practicar sus misteriosos e inescrutables rituales, representaban sobre todo animales, figuras humanas y el sol. Aún hoy el silencio y la soledad que reinan en estos parajes invitan a la contemplación y al recogimiento.
La sierra siempre ha ejercido sobre nosotros una fuerte atracción, desde muy pequeños un impulso desconocido nos incitaba a adentrarnos en ella, unas veces para celebrar acontecimientos como la mogará o la pajari1la y otras para jugar en las cuevas, de mayores subimos para recrearnos en la contemplación del paisaje o simplemente dejarnos llevar por la imaginación. En la sierra apareció en 1965 el Tesoro de Serradilla, auténtica joya de la cultura tartésica.
El conjunto de pinturas esquemáticas de Serradilla es uno de los mas importantes de Extremadura, tanto por la cantidad de abrigos como por su extraña y peculiar distribución. Dentro de los límites del termino municipal se encuentran una gran parte de las catalogadas hasta la fecha en el Parque de Monfragüe.
Por estas sierras pasaba la línea fronteriza que establecieron los musulmanes como defensa ante el empuje de los reinos cristianos. Entre los castillos de Mirabel y Monfragüe y dentro del termino de Serradilla, aún se conservan los restos de dos fortines de carácter militar (Cerro Gimio y la Cañadilla). Durante muchos años fue tierra de nadie y campo de batalla donde unos y otros dirimían sus intereses, convirtiéndose estas tierras en escenario de devastadoras y sangrientas incursiones por ambos bandos, con el fin de saquear y arrasar los campos y las cosechas, provocando el despoblamiento casi total de la zona.
Las cuevas y umbrías más espesas de monte donde nadie osaba adentrarse, sirvieron de refugio a, golfines, bandoleros y facciosos (Cabrerín), guerrilleros (hnos Cuesta), maquis(El Francés), cazadores furtivos(Macarrilla), contrabandistas, y condenados y prófugos a la espera de mejores perspectivas. Echarse al monte era una practica muy habitual en aquellos tiempos. Algunos de estos personajes entraron a formar parte del mito local y por supuesto no faltaron las leyendas de princesas cautivas y de tesoros y guardos. De estas historias y leyendas han perdurado hasta nuestros días muchos nombres en la toponimia local: Cueva de los Facciosos, Puerto de la Serrana, Hata del Tesoro, el Contrabandista, Majadal del Ladrón, Lance de la Mora etc..
La Garganta es el paisaje mas emblemático de Serradilla está presidido por la imponente figura del Fraile (roca cuya forma se asemeja a un monje), posee una hermosa cascada y está jalonado de manantiales de aguas cristalinas (cogollos)donde nuestras abuelas acudían a lavar la ropa.. Es un paraje de extraordinaria belleza y está rodeado de una exuberante vegetación de ribera. La fuerza de su corriente continua era aprovechada para mover ocho molinos de harina (maquileros), un lagar de aceite y una turbina para producir electricidad cuando se anegaban las aceñas, esto nos da una idea del potencial industrial que este cauce de agua proporcionaba a nuestros antepasados.
Hoy en día cuando contemplamos el cauce del Tajo a su paso por nuestra tierra, lo que vemos es una lengua de agua monótona y apacible que nada tiene que ver con su cauce original. En otros tiempos el río Tajo, una vez superado el Portillo de Peñafalcón se ensanchaba y remansaba formando la amplia vega, los arenales y la isla de la Taheña, esto permitió la construcción de las pesqueras donde se instalaron las aceñas, llegaron a existir cuatro en este tramo. Cada aceña disponía de un cañal, donde se capturaban los peces.
En 1908 surge una nueva actividad en el río, la luz, Isidro Sánchez Gil vecino de Madrid manifiesta: “...que tiene en proyecto la instalación de una máquina para la producción de energía eléctrica en la margen derecha del río Tajo, al sitio llamado Aceña de Abajo, con el objeto de aplicar esta fuerza a una fábrica de harinas y al suministro de alumbrado para los vecinos...” . La subasta del alumbrado público se celebró el 8 de Enero de 1909, y fue adjudicada a la sociedad anónima Hidroeléctrica de Serradilla La Victoria. Al encargado de la luz, se le llamaba popularmente el lucero .
Sobre el aprovechamiento de los recursos , D. Antonio Ponz, cuando viajó por la zona a finales del siglo XVIII: escribió:”Hay también gran copia de acebuches gruesos y altos, que si se enjertasen, como mas abaxo lo han executado los vecinos de la Serradilla, se lograría con esto un precioso y mas seguro mineral” Se refiere a los olivares de Peñafalcón. En los abruptos y fragosos riberos del Tajo, donde solo crecen el acebuche y la jara, nuestros antepasados crearon los mejores y mas productivos olivares del lugar. Un modelo de gestión y de aprovechamiento de los recursos naturales sin alteración del ecosistema, desarrollado por los serradillanos desde tiempo inmemorial.
La silueta inconfundible de las barcas también formaba parte de nuestro paisaje, imprescindibles para la comunicación y paso obligado de mercancías entre las dos orillas del río, desarrollaron una intensa actividad a lo largo de su existencia, sin olvidar la figura del barquero, personaje típico de las riberas, que se jugaba la vida en muchas ocasiones a causa de las grandes crecidas del río o como consecuencia de los conflictos armados “...entre las muchas veces que los franceses vienen a Serradilla, una, llegan por el sur y al estar la barca en la otra orilla, de un cañonazo destruyen el tejado de la casa del barquero, que no estaba en ella, y los franceses tienen que pasar nadando a por la barca...”   El río Tajo ha sido para los serradillanos fuente inagotable de vida y generador de recursos, con sus crecidas y estiajes, sus vados y aceñas, sus barcas y leyendas. Aún resuenan los ecos del bullicio veraniego, cuando nuestros abuelos, terminadas las faenas agrícolas y con la cosecha a buen recaudo, acudían en familia para disfrutar de un merecido descanso; los mayores buscando los efectos benéficos de sus aguas y los más jóvenes recreándose con sus juegos y diversiones, siempre escrupulosamente separados por sexos, las mujeres y niños por un lado y los hombres por otro.
La construcción de los embalses de Torrejón y Alcántara en los años sesenta, transformó radicalmente el panorama, cambió el paisaje y el ecosistema de la zona y acabó con esta forma de vida característica de los pueblos ribereños. El progreso se había cobrado su tributo.
Ahora que se cumplen los veinticinco años de la creación del Parque Natural de Monfragüe es un buen momento para rescatar de la memoria y dar a conocer el modo de vida ancestral de un pueblo estrechamente ligado a su río, con el cual compartió su destino durante muchos siglos, aprovechando sus recursos y viviendo en perfecta armonía con la naturaleza.  Eduardo Gómez Alonso. fotos: Carlos Bravo.
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